sábado, 4 de septiembre de 2010

Encuentro en el bosque

Hizo su equipaje de forma rápida pero eficaz, sin olvidar al señor conejo.En su saquito de la merienda llevaba un sandwich de paté de salmón y una cantimplora llena de limonada rosa. La maleta era pequeña, con un forro estampado de cuadros marrones y verdes, pero sus cosas tampoco ocupaban mucho espacio.Se puso su vestido favorito y el broche de perlas de mamá, ese que ella nunca le dejaba. Con un frasco de cristal lleno de luciérnagas, se internó en el jardín, y más allá de la valla blanca, en el bosque de álamos donde había visto a la criatura. Aunque el corazón le latía en el pecho más fuerte de lo que nunca le hubiera latido, no se asustó, la criatura (no entendía como pero lo sabía) no era peligrosa.

El bosque olía a humedad y animales.Las ramitas crujían a su paso, en un silencio lleno de insectos y aves nocturnas. Sacó al señor conejo de la maleta y peinó su suave pelo gris.Abrazándolo se sentía mucho mejor.

-No hay de qué tener miedo Sr. Conejo...hemos estado aquí muchas veces
-Nunca de noche-dijo una voz.

Helada de terror, se giró en el claro al que había llegado. La luna iluminaba los troncos desnudos de los árboles y algo más.

 La criatura tenía un pelajo dorado, largo, que caía en sedosos mechones desde su lomo hasta el suelo.Un par de alas poderosas cubrían un cuerpo parecido al de un león. Un león que midiese 2 metros de cruz  y poseyese la cabeza de un tigre grande, con ojos de búho. Su boca se abrió y una lengua roja y reptiliana limpió una de sus zarpas afiladas. La cola, parecida a la de una iguana, se balanceaba de un lado a otro.

-Puedes llamarme Cancamusa.

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